
En cierta oportunidad, un joven de un pueblo debió viajar hasta la capital. Mientras iba en colectivo, y sin que él se diera cuenta, alguien le sustrajo lo más precioso que tenía: un reloj que su padre le había regalado con mucho sacrificio antes de morir.
Cuando cayó en la cuenta, su corazón se llenó de una gran amargura y sintió un profundo odio hacia el desconocido que le había quitado su valioso tesoro. Y desde ese momento sus pensamientos se centraron en el anónimo ladrón. Pensaba en él día y noche, lo odiaba con todo su corazón, y su rencor crecía cada vez que debía mirar la hora en el otro reloj más pequeño que ahora usaba.
Había noches en que no dormía de rabia e impotencia. Se volvió irritable e iracundo con su propia familia. Hasta que un día, agobiado por tanto resentimiento, hizo esta oración: “Señor, ya no puedo seguir así. Por eso quiero perdonar a ese ladrón que se llevó mi reloj. Más aún: quiero regalarle mi reloj. De manera tal que cuando ese ladrón muera, Tú no lo juzgues por este robo, porque no hubo ningún robo. Yo ya le regalé mi reloj”. A partir de ese día, el joven fue feliz. Recuperó la alegría que durante meses había perdido, porque ya no trajo más a su memoria aquel hecho torturante. Y desde entonces pudo vivir en paz.
Perdonar es soltar de la mano una brasa encendida, que asimos tontamente en algún momento de la vida, y que nos lacera y nos quita las ganas de vivir. En cambio la falta de perdón es capaz de enfermarnos, envenenarnos, y volvernos malos.
Por eso es muy acertado el consejo de San Agustín: “Si un hombre malo te ofende, perdónalo, para que no haya dos hombres malos”.